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Hasta que no sufres un evento mal organizado (desde un bautizo a la inauguración de una tienda) no te empiezas a preguntar si dedicarse profesionalmente a algo así no debería tener más requisitos que el de levantarse un día y decidir que vas a ser “organizador/a de eventos”.
Y sí, hablo desde el cabreo más absoluto después de haberme ido de una inauguración en la que 30 minutos después de la hora oficial de comienzo aún no había aparecido ningún organizador, y los asistentes estábamos a un tris de aparecer como figurantes en cualquier episodio de The Walking Dead, deambulando por el local en busca de cerebros frescos, o en su defecto de alguien que nos diera palique para pasar el rato.
Al final me he cansado (no, nadie me ha dado conversación, ni cerebros) y me he ido, pero me ha dado qué pensar.
No en estas presentaciones de poca afluencia de público, sino en esos eventos multitudinarios en los que se congrega un número peligroso de gente, que se deja llevar, sube cuando hay que subir, baja cuando hay que bajar, come cuando le dejan y bebe lo que puede pillar… según los dictados y los escabrosos mandatos del jefe, el zar, el supremo y majestuoso “organizador del evento”.
¿Y si algo sale mal? No me estoy refiriendo a algo tan gordo como el caso Madrid Arena, sino a que en algún acto social de alto postín organizado en el sitio de moda las gambas estén saladas, la temperatura del vino no sea la adecuada, o tengan durante más de media hora a una horda de hambrientos depredadores sin comer, sin beber, y aburridos como ostras. Y sin beber. Ya sé que me repito, pero debido a la idiosincrasia el español, mientras haya algo de beber, preferiblemente con alcohol, las penas son más llevaderas.
Y aquí estoy, refugiado en un oasis cercano al lugar de los hechos, gintonic en mano, escuchando jazz y purificándome de malos pensamientos.